9 de octubre de 2017

Una tarde cualquiera de octubre ¿o no? Es cuestión de actitud.

Una tarde cualquiera de octubre ¿o no? La temperatura es agradable, no hace falta chaqueta. El sol se filtra entre los árboles dibujando las siluetas, altas y alargadas. La gente aprovecha para pasear con los niños, con sus mascotas, con su pareja, o como yo, sale a ejercitarse.



Durante el recorrido escucho música y reflexiono sobre lo que he podido aprender a observar en los meses, pocos, que llevo en terapia psicológica. Ya no es aquella psicóloga de antaño que solo hacía que escuchaba y apuntaba algo de cuando en cuando, que al principio de cada consulta simplemente me decía: "el día anterior lo habíamos dejado en..." yo hablaba, hablaba y tenía la sensación de hablarle a una pared. Y al final de la consulta te recetaba algo nuevo o modificaba la dosis y me daba cita para el siguiente día. No, ahora la cosa a cambiado, y mucho. En mis psicólogas, sí, tengo dos, hacen juntas la terapia (más afortunada no puedo ser, se complementan muy bien) tengo plena confianza porque me han demostrado con creces que están muy implicadas en mi mejora. Me preguntan, me explican, me ponen tareas, vigilan mi ejercicio, mi alimentación, mi medicación y lo que creo es más importante: me dan pautas para cambiar y entender mis emociones, para que pueda y sepa expresar esas emociones que a veces siento y no sé que son. Hacen que tenga seguridad en mi misma, en mis capacidades, me alientan en conseguir logros y reconocen cuando los consigo, también me dan un toque cuando bajo el ritmo porque no debo bajar la guardia más que cuando necesito estar relajada y tengo que controlar los nervios, el estrés que tan mal nos hace.

Observando, he aprendido y entendido muchas cosas. Pero llevo tiempo observando una muy particular que hoy en mi recorrido he confirmado. Siempre, desde la infancia, mi postura corporal era ir con la cabeza baja y la espalda arqueada, agachada. Mi abuela siempre me daba un toque en la espalda y me decía: "Ponte recta" una postura que he mantenido hasta hace muy poco, y aún a veces la tengo. Me he dado cuenta que de un tiempo a esta parte, mi postura corporal a cambiado, voy más recta y sin esfuerzo, sin darme cuenta. Solo en momentos puntuales me fijo y si, voy recta.

Si iba erguida me sentía egocéntrica y pedante, nada más lejos de la realidad, me han enseñado que ir con la postura recta y la cabeza levantada es tener confianza en uno mismo, valorarse.

Es el cambio de actitud: Llevar la mochila detrás y cargar con el peso en la espalda o ponerse la mochila delante, aprender a enseñarla y valorar el mérito que cada uno tenemos.



Y en mis auriculares suena una de mis canciones favoritas "Smile" mientras veo a tres pequeños mellizos correr por el parque y sonriendo. Esos pequeños detalles, una tarde cualquiera de otoño o de octubre soleado, en cualquier caso: una bonita tarde.


Mar.

6 de septiembre de 2017

Quizás... ¿Será esta la clave?

Quizás la clave de todo sea echarse la manta a la cabeza, no pensar, ver solo el presente y que puedes hacer o que te toca hacer por ti mismo. Quizás, aunque de esto, yo al menos estoy más segura, necesitas a quien te empuje a hacer las cosas pero no vale eso de: "Venga levántate y vete a andar". No cualquier persona de nuestro entorno es capaz de motivarte y saber que lo hacen por tu bien. Tampoco vale hoy empiezo por esto y mañana ya hago esto otro.

Quizás por fin haya encontrado la clave perfecta para avanzar. Tengo en quien confiar, quien me organiza todo y me dice cómo y cuándo debo hacer las cosas necesarias para mí mejora. Por fin tengo el plan perfecto y mi atención multidisciplinar en marcha.

Pero tengo tanto miedo a volver a fracasar, a que esta vez tampoco sea la definitiva...

Me lo planteo de la siguiente manera:

  • Semana a semana me controlan.
  • Tengo el organigrama de todo lo que debo hacer.
  • El menú hecho para esta semana.
  • Levantarme siempre a la misma hora.
  • Irme a dormir a la habitación ( y digo a la habitación porque muchos días me quedo dormida en el sofá y no me muevo de allí) más o menos a la misma hora.
  • La medicación al día y controlar los síntomas.
  • Llevar el diario de dolor y síntomas.
  • Andar 2 km toda la semana.

Hasta aquí el plan. Ahora no me pongo a pensar en mañana, ni esta noche. Solo centrarme en el presente. Son las 8 y voy a mirar el menú para la cena y así, hora a hora. Y no miro más allá.


De momento llevo dos días y acabo de ducharme después de andar. Estoy tan cansada que si pienso en mañana seguro el plan se viene abajo. Ni siquiera puedo alegrarme o ilusionarme con lo que he conseguido en tan solo dos días. 

Tengo miedo, solo paso a paso.


Solo sé que no sé nada y que no estoy dispuesta a volver a defraudarme.




Mar.