8 de enero de 2017

Un día de mucho dolor...

Por desgracia, son muchos los días que pasamos con dolor intenso pero... ¿y cuándo tienes un dolor que "literalmente" no puedes aguantar? Esa clase de dolor por el que gritarías si el dolor te lo permitiera. Ese dolor que te anula en todos los sentidos y al mismo tiempo se apodera de ti de tal forma que no existe otra cosa que la angustia del dolor físico. 

Os cuento mi experiencia de ese día:


Suena el despertador, mi mente empieza a ser consciente de dolor desde el cuello hasta donde la espalda "pierde su nombre" apago la alarma y el dolor al moverme es más intenso. Aparecen las señales de comienzo de jaqueca, o migraña quizás, solo sé que se inicia un dolor que se tornará fuerte. Me acurruco y tapo hasta la cabeza y soy consciente de lo que me espera. Tengo que levantarme, necesito ir al servicio y hay que ir a trabajar. Me da miedo moverme pero no queda otra. Al salir del servicio vuelvo a la cama directa, esto empieza a ser demasiado intenso. No puedo ir a trabajar, al menos yo sola conduciendo a si que mi primer paso es hablar con mi jefe, en este caso tengo la suerte de que es mi marido y ya sabe entender la situación. Le propongo ir en una hora y que me lleve mi hijo, me dice que no, no hay mucho que hacer esta mañana. Decidido, me quedo en casa y doy gracias por "no haber mucho trabajo esta mañana".

Intento volver a dormir pero es imposible, no puedo con el dolor a si que me quedo inmóvil y a marchas forzadas el dolor se hace más y más fuerte. Al cabo de una hora no puedo ni pensar, solo hay dolor, desesperación, angustia y no puedo ni expresarlo. 

Mi hijo empieza a percatarse de la situación al ver que ni siquiera le contesto, solo muevo levemente la cabeza para decir sí o no, intento hablar lo justo para decirle que medicación necesito. 

Mi primer pensamiento es: "llévame a urgencias" pero ¿cómo? ¡si no puedo moverme! Le pido mis pastillas y el me dice que desayune algo ¡imposible! ¡no quiero! O mejor dicho ¡no puedo!

Tomó la medicación y me vuelvo a acurrucar, la postura en la que mejor puedo estar. Siempre tengo cerca mi radio, tableta y cascos a si que un esfuerzo más y me pongo mi lista de música para relajarme. A mí me funciona un tipo de música que me hace concentrarme en los cambios de ritmo y a ellos me aferro para no pensar en el dolor o al menos intentarlo. A ratos funciona, a ratos no. Concentrándome en los diversos instrumentos que se oyen en la melodía me voy evadiendo del dolor, mi mente ya no puede más y poco a poco voy dejando de ser consciente. No soy capaz de describir cómo paso las siguientes horas, no las recuerdo bien, no es perder la consciencia (o sea desmayarme) pero si no ser consciente. Un estado al que he comprobado llegar en situaciones límites, supongo que la mente es sabia y aprendió a desconectarse.

Fui incapaz de volver a mí ser hasta las 16:00 cuando la intensidad había bajado algo. Obligada a comer por mis chicos y obligándome a mí misma a moverme al menos para comer y volver al servicio. Después de comer vuelvo a la medicación y a acurrucarme, poco a poco se va la intensidad y el nivel de ansiedad baja pero física y sobre todo mentalmente quedé exhausta. Esta vez hubo "suerte" y a las 19:00 ya había bajado el dolor a nivel de un día normal. Una vez que pasa y piensas en cómo ha sido el día te preguntas ¿cómo se puede aguantar eso? Crees morir pero no lo haces, lo superas. También es cierto que se aprende a base de no tener otra opción.


              
  


Mar.

1 comentario:

  1. Esos días en los que tal como abres los ojos sabes el día que te espera... No sabes cómo lo pasas, cómo lo superas, pero lo haces. Porque como dices, no queda otra opción.

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